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Visita privada | Real Jardín Botánico de Madrid: Jorge Diezma y José Ramón Ais

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Visita privada | Real Jardín Botánico de Madrid: Jorge Diezma y José Ramón Ais

septiembre 28 | 19:00 - 20:00

Jorge Diezma-WeCollect Club

WeCollect Club organiza para sus socios esta visita en exclusiva al Real Jardín Botánico de Madrid de la mano de Galería Alegría a la exposición El florero en flor, de Jorge Diezma (Madrid, 1973) y Parque Natural, de José Ramón Ais (Bilbao, 1971).

 

Jorge Diezma: El florero en flor

Antes de la llegada de las flores, las paredes de una casa holandesa estaban desnudas; también lo estarán, siglos después, las paredes de la casa minimalista, cuando remita la fugaz exuberancia vegetal del hogar modernista. Pero entre medias se ha producido una transformación brutal: un desborde de los ciclos naturales. El excedente, el premio antiguo de la tierra para quien respeta sus tiempos, ya no se consume entre vino y fiestas; ahora, para unos pocos, es colección, adorno. El exceso ya no se ve como un desafío inmoral a la vida en común.

Sobre el lienzo, las flores dejaron de ser un juego introspectivo de lo cotidiano; no eran fragmentos de naturaleza presentados en un diálogo cerrado, en el que la mirada adivina un recorrido moral o divino. En estos cuadros, y en las paredes que adornaban, se juntaron todos los tiempos. Las flores no aparecían como el desarrollo del discurso natural; su ritmo se había alterado. Era la plasmación de una nueva tecnología, donde las estaciones han desaparecido, como en un sueño, y la flor de otoño convive con la de primavera; objetos que sólo podían verse en el lejano Oriente se veían ahora junto a aquellos del Mediterráneo. La pared, el lugar donde se reunía todo un mundo; el lienzo, una vitrina. Ya no hay recogimiento, sino recolección. En el nuevo festín universal ya no se oían el griterío, las peleas o la música de quienes sólo tienen un día para celebrar; ahora había quien podía tener el universo entero en la privacidad de lo doméstico.

Entre flor y flor dejó de haber diálogo; el color perdió cada vez más espacio. Lo importante es la catalogación, la diferencia en el archivo. El color es un cálculo, una etiqueta más; por eso incluso la negrura de un tulipán podía despertar la mayor codicia. Cada especimen debe ser identificable, cuantificable. Del dibujo del botanista –a sueldo del especulador en el nuevo mercado floral– al cuadro del pintor, ya no había tanta distancia. El cuadro ya no tiene importancia como ágape del color, no desborda y excede, sino que sintetiza, como el mejor de los métodos contables. El óleo ya no es un exceso compartido. Las horas acumuladas en el taller no eran ya un residuo natural que se cosecha y vende, sino la exhibición de una nueva técnica universal de procesamiento, en el que los prodigios del mundo ahora quedarán encerrados en el marco, como en las arcas de un banco.

Antes de la llegada de las flores, en lo trivial, en lo ropográfico, la naturaleza muerta señalaba tanto el grado cero de lo social, como el punto donde moría lo terrenal. Lo humano desaparecía ante nuestros ojos, y en su lugar se colocaba la igualdad absoluta de los objetos, como si la eternidad aguardara tras el silencio de las cosas. La vanidad de vanidades, la ilusión, consistía en pensarnos por encima del ciclo eterno en el que lo trivial y lo extraordinario perecían por igual. La flor señalaba, en un deslumbrante último álito de vida y significación, el lugar de la tumba.

Después de que acabe la primera fiebre del tulipán, cuando el futuro de las flores se haya vendido y arrancado a crédito, cuando sólo queden bancarrotas por la promesa de unos pétalos, la ilusión pervivirá en la presentación pictórica de lo fiduciario, en la que todo el mundo queda registrado, contabilizado, coleccionado… excepto la historia misma de su recolección: sangrienta, injusta, épica o trágica.

A partir de entonces, las flores del lienzo, cuando hablan de sí mismas y no del mundo y del tiempo, o cuando más adelante se contraigan o vacíen, incluso cuando recuperen el color para servir a la pintura de la pintura, lo harán en vano. Porque ya no tendrán más voz que la contable, o porque en nuestros días su color ya sólo será un fantasma más sobre la pantalla bursátil, ocultando el taller y la tierra.

En aquellas tierras bajas, en esos días, cuando el clima golpeaba tanto como las enfermedades o el hambre, muchos aventureros de la agricultura en miniatura “buscaron en sus pequeños jardines y macetas el placer de pasear por prados y campos abiertos”. Un gesto de color podía proyectarles a todo el mundo. Lamentablemente, buscando una vida mejor, apostaron contra la tierra. Jorge Diezma nos devuelve a esos hogares austeros y vacíos, al momento en que la apuesta final se perdió. Pero no para recordar la llegada del tulipán, ni el millar de pétalos traídos por compañías transoceánicas. Tampoco nos devuelve la nostalgia por el recogimiento. En esas paredes, cuando el tiempo se cobra su venganza, y ya sólo quedan pasillos y ventanales sin color; cuando no queda rastro de alguien soñando en la vigilia, alguien tenía que colocar una flor.

                                                                                                                    Antonio José Antón Fernández

José Ramón Ais: Parque Natural

La serie de fotografías Parque Natural está compuesta por un conjunto de 12 imágenes que representan paisajes, generalmente escarpados, abruptos y sublimes, en los que se conjuga la tradición del romanticismo pictórico con las visiones detalladas del hiperrealismo. Utilizando técnicas de postproducción de imagen, José Ramón Aís (Bilbao, 1971) configura fascinantes vistas de hipotéticos parques naturales, a medio camino entre el estereotipo idealizado, la ficción de la preservación de la naturaleza y el mito del retorno a los orígenes.

Todos estos paisajes están recorridos por un camino o por un río, que aluden a la entropía de la naturaleza y a la vez actúan como metáforas del devenir de la propia senda vital. Son escenografías que no han de ser habitadas, sino observadas e interpretadas. Son monumentos que guardan memorias, “relatos proyectados en el paisaje”, como dice el propio artista.

Las imágenes son resultado de elaboradas síntesis conceptuales, lingüísticas y estéticas pues en ellas conviven referentes iconográficos de la historia del arte, de la mitología o de las creencias, con epónimos botánicos que responden a la voluntad clasificatoria de la ciencia. En Parque natural 6, el invierno alude al enfado de Démeter, madre de Proserpina, que paraliza el proceso de vegetación hasta que el raptor Hades le devuelve a su hija. En el río helado, vemos la especie Proserpinaca palustris y la Mercurialis perennis, en referencia al dios Mercurio que ayuda a rescatarla. La imagen número 9 remite a la noche oscura del alma, que versificó san Juan de la Cruz. En la número 11, la presencia del fuego evoca las palabras de santa Teresa en Castillo interior, cuando compara el estado del alma con unas brasas que se mantienen al rojo vivo. Sin embargo, las imágenes no vienen determinadas temáticamente por estas sutiles operaciones de trasposición lingüística y visual, que si bien propician el anhelo decodificador del espectador invitan sobre todo a disfrutar de la plena presencia de su belleza compositiva.

 

Rosa Martínez

Texto escrito con motivo de la exposición Nada temas, dice ella.

Detalles

Fecha:
septiembre 28
Hora:
19:00 - 20:00
Evento Categoría:

Lugar

Real Jardín Botánico
Plaza de Murillo, 2
Madrid, España 28014 España
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