Romain Blanck

Düsseldorf, 1995

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Uno puede reconocer en la pintura de Romain Blanck (Düsseldorf, 1995) algo muy familiar, pero también algo que falla, como ocurre con la expresión 'false-friend' que advierte que podrías traducir mal una palabra por su similitud formal con nuestro propio idioma. Hay una percepción incierta sobre lo que está sucediendo en su obra, una superposición visual de elementos pictóricos que recuerdan a un garabato realizado a mano alzada en un cuaderno, a una línea en zig-zag para probar un bolígrafo, o al dibujo realizado en la pantalla de un móvil o tablet.

Romain Blanck reutiliza para sus pinturas garabatos, líneas efímeras e inadvertidas, formas y dibujos automáticos que todos hacemos y desechamos, a menudo con cierta urgencia, y que él considera aprovechables. Las pinturas se encuentran en el centro de una negociación entre el dibujo protocolario de la reproducción y los cambios que se producen durante el proceso, dando lugar a numerosas marcas en la superficie, en tensión con el frío plano que aparece a primera vista. Son pinturas que responden a situaciones encontradas, a líneas específicas observadas de las que el autor se apropia pero, al mismo tiempo, también responden a los gestos mecánicos que todos hacemos, que el mismo artista hace a diario. Su trabajo estudia la idea de traducir elementos encontrados que considera aptos, como la música libre de derechos. Cada intervención en el lienzo existe de forma autónoma, dando lugar así a una sucesión de actos pictóricos. Esta progresión no tiende realmente hacia un final sino que cada pintura podría continuar indefinidamente. Las obras se presentan más 'detenidas' en el tiempo que 'finalizadas', lo cual no significa que sean reelaboradas sino que marcan un momento de parón en la sucesión de los actos pictóricos. Ver CV

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Romain Blanck «Oh! Hey! Hi! Hello!»

9 septiembre - 18 octubre, 2021